—Pasa y
siéntate— busqué con la mirada un sitio libre y me tocó en la primera fila,
cómo no. Ahora me sudaban hasta las manos, todas las chicas me estaba mirando,
lo sentía. ¿No lo había dicho? El instituto se dividía en chicos y chicas.
Había unas normas muy claras. Residencia para chicas y residencia para chicos
Pasillos para chicas y pasillos para chicos. Clases para chicas y clases para
chicos y así sucesivamente.
Me tapé la
cara con el pelo y abrí con desgana un cuaderno. Intenté atender a la clase sin
cruzar palabra con nadie. Me cogí el pelo y repasé con los dos dedos las
puntas. Mirándolas con desgana. Mis manos arrastrándose por la mesa. Sonó la
alarma que indicaba la siguiente hora y guardé los libros con pesadez y dejé
las hojas que me habían dado sobre la mesa. Salí de la clase con el papel en la
mano.
—Por lo
visto las chicas no deben ser buenas, ¿fumas? —giré la cabeza, el chico de la entrada esperando una
respuesta por mi parte.
Suspiré—Sí.
—¿Puedo
invitarte a uno? —el
paquete de tabaco guardado en el bolsillo de la camisa al lado de su pecho y su
mano mostrando el borde.
—¿No se
supone que no se puede fumar aquí? —me subí más la mochila.
—Puede—sonrió.
—¿Por qué
estás en este pasillo? —le
corté.
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