Así que con todo ese caos mental en mi cabeza
me acerqué a la puerta para esperar su llegada, en cada visita se abría para
luego volverse a cerrar, es como al pececito que sacas del agua y cuando ves
que está apunto de asfixiarse, le metes en la pecera para a los segundos
después volverle a torturar, así me sentía respecto a ver la libertad delante
de mí y a los segundos sólo ver una puerta cerrada que no me dejaba paso a
hacer nada.
Estaba nerviosa sin saber bien porque, la
conocía de toda la vida...pero algo raro se estaba formando en ese punto de mi
garganta y di gracias de no tener que llevar hoy la maldita corbata.
Caminé deprisa de un extremo otro del pasillo
de piedra largo que daba entrada desde la puerta hasta dentro de forma agitada,
esperaba verla venir, algo, que bajase de un coche con un par de cervezas y se
riese de mí y de mi situación, que me abrazase, o no sé, algún contacto con mi
antigua vida que ahora quedaba algo borrosa.
No pensé que no vendría, bien la conozco para
saber que siempre llega tarde, al igual que yo, pero mis esperanzas se reducían
segundo a segundo.
Una parte de mí se repetía que sí que iba a
venir, porque me lo había prometido, y todo lo que me promete Carla lo hace,
cumple, a rajatabla.
Me senté y apoyé mi cabeza contra la pared de
piedra gris, estaba fría, pero eso era lo que ahora menos le importaba a mi
espalda, miré hacia el cielo, estaba despejado, había gente a mí al rededor
esperando y conversando pero yo estaba en mi nidito de paz, cerré los ojos para
inspirar profundamente.
- Perdone, señorita, ¿podría decirme dónde
está la residencia de chicas?- no abrí los ojos si quiera.